sábado, 9 de mayo de 2009

Un viaje nocturno

José llegó tarde a clases, como era costumbre en él. Miró lado a lado, y no vio a nadie en el salón, tal vez se había equivocado, tal vez había llegado temprano, más que cualquier otro. Entonces, abrió la puerta incrédulo ante aquella situación y para su mayor sorpresa se halló solo en la universidad.

Dos pasos fuera de la puerta logró dar, con sus ojos totalmente abiertos, el frio de la soledad lo abrazó y la sensación de vacío en el estomago le hizo sentir nauseas. Dio dos pasos más y pensó en correr, pero el miedo lo ataba al piso.

José, tenía 17 años, era un atleta dedicado, varias medallas habían estado en su cuello. Además, poseía gran capacidad de análisis, y una oratoria envidiable. Su único problema era el tiempo, por más que trataba, siempre llegaba tarde.

En medio del patio de la universidad, lograba percibir el aroma de las empanadas de pollo recién hechas, del café y del queso derritiéndose en el interior de la harina. Todo como de costumbre, solo algo se salía de lo normal… ¿Dónde estaba la gente? Entonces, el miedo lo hizo correr.

Pero la salida se hacía cada vez más distante, el camino más angosto, sus pasos más pesados. Se detuvo y la respiración era cada vez más agonizante. Cayó al suelo y todo empezó a perder su forma, entonces el vomito no se hizo esperar, lo sintió desde el estomago, paso por la garganta y llego a la boca, hasta que tuvo que salir.

Mojó toda la cama, había restos de pizza y tenía un sabor a helado de chocolate, la noche anterior fue de fiesta y aunque el despertador había anunciado la hora de levantarse, José no hizo caso. Ahora, estaba entre sabanas sucias de vomito, sudor por la pesadilla que había tenido y un olor a muerto en la boca.

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